martes, 20 de septiembre de 2011
Recuerdos.
Recuerdo las últimas navidades con mi abuelo. Su sonrisa. Su felicidad al vernos a todos reunidos. Sus lágrimas al abrazarme a mí, la primera de todos, como siempre, después de tomarnos las uvas de año nuevo. Sus ojos perdidos como causa de su ceguera, los cuales conservaban el tono gris que le habrían dado, seguro, una belleza envidiable en otros tiempos. Recuerdo la forma en la que le sorpredía mirando discretamente a mi abuela, con sembalnte enamorado, tras más de medio siglo de estar casado con ella, la amaba, la amaba como a nadie, y ella a él también, y aún ahora sigue haciéndolo. Recuerdo sus manos, ásperas, pero suaves al mismo tiempo, gastadas y estropeadas tras años y años de trabajo. Recuerdo lo que me gustaba de pequeña, y de no tan pequeña, sentarme sobre su regazo y apoyar mi cabeza en sus hombros, me hacía sentir muy protegida, más que cualquier otra cosa. Recuerdo su pelo grisáceo, liso, lísisimo, y siempre tan suave y bien peinado. Recuerdo su barriga, dura y redonda, la cual de pequeña me hacía plantearme si se había tragado una pepita de sandía y le había crecido una dentro, qué cosas. Recuerdo también el día en el que murió. La voz de aquella mujer que limpiaba en casa despertando a mi padre, diciéndole que mi madre había llamado, que Paco había muerto. Lo he pensado y lo sigo pensando: debería de haber dado la notícia de una forma más delicada. Recuerdo el llanto de mi madre, de mi hermana, de mis tíos. Recuerdo que el primer día no lloré, solo solte unas lágrimas al ver su cuerpo, yaciendo sobre aquel ataúd por primera vez, rodeado de coronas de flores de sus amigos y compañeros de este camino pedregoso y hostil llamado vida, vida, aquella que ya no habría más en su mirada, en su voz, en su cuerpo. Recuerdo también cómo lloré el segundo día, el día del entierro, al ver cómo metían el ataúd con su cuerpo el aquel lugar tan estrecho y tan poco acogedor. Recuerdo que cogí una rosa, roja, de un de las coronas que habían dejado rodeando aquel estúpido lugar en el que habían decidido que yaciera su cuerpo, y que la tiré dentro, encima de su ataúd, imitando mi acto después algunas de las personas que allí habían. Me han faltado sus lágrimas estas dos últimas navidades, me ha faltado su enhorabuena por entrar a la universidad, me ha faltado contarle miles de cosas, que viviera otras tantas a mi lado, pero sobretodo, echo en falta el poder decirle lo mucho que lo quiero.
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te sigo:)
ResponderEliminarQué buen primer post Muy nostalgico. Ojalá sigas con más entradas. Yo tmb recién he empezado con un blog. Saludos :)
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